miércoles, 3 de abril de 2024

MAELSTRÖM

- Fuente: NATIONAL GEOGRAPHIC -

A primeros de los 2000, años antes de tener conocimiento de las curvas de Alizée y mucho antes de encontrarme con la miel en los iris y el azafrán artificial de Mylene Farmer, mi mujer (conociendo mis gustos) insistió en realizar un viaje en coche por la zona del Perigord, en el Valle de Dordogne, Francia. Ella no desentonaba con el aire de ambas francesas (corsa y québécois respectivamente) ni con el lugar. Yo sí...

El problema de ser un sapo de otra charca en charca ajena es que nunca te encuentras un buen "encaje" en parte alguna, especialmente en parajes tan idílicos que, efectivamente, parcen sacados de los cuentos de antaño. 
Aquel año Francia empezó a tener mucho encanto en mi imaginario y gustos particulares, bastante tiempo más tarde MF completaría la fábula de las maravillosas landas más allá de la frontera y cumbres de Pyrene, sin necesidad de llegar a la cada vez peor París, Francia era el verde y la piedra hechas belleza reflejada en el fluir de las transparentes aguas cuyo murmullo parecía hablar de un distante mar de ensueños, allí mismo y adelante en su camino.

El último día, antes de emprender ruta de vuelta en la recurrente katábasis infernal hacia el puto Madrid, dejábamos atrás la "catedral" Gouffre de Proumeyssac (Audrix), la llamativa y cuidada Sarlat, las curiosidades de Les Eyzies y los bosques que parecen más civilizados que las desaliñadas y salvajes forestas de otros lugares.

Resignado ante el funesto destino que me aguardaba más de 1000 Km. hacia el Suroeste al volante del SMART 450 de la parienta, procuré disfrutar del último desayuno allí: café con leche y cruasán, en una cafetería a orillas de aquellas mansas aguas en las que bebían grandes sauces llorones, "alas de ángel" los llamaban en Persia, cuyas hojas filtraban diáfanamente la brillante luz del Sol veraniego, que ya a primeras horas, refulgía con fuerza en aquel líquido cristalino y destellante que tentadoramente canturreaba a nuestros pies...

A lo largo de las ya casi dos décadas que han pasado desde aquel momento, es lo que más recuerdo y me gustaría repetir, el deleite de aquellas frugales delicias embebidas en tal ambiente de paz y sosiego que inundaba cada instante. 
Sin ruido, sin griteríos, sin la típica mierda en sus múltiples manifestaciones que anega la vida en el día a día de Madrid...


En aquel entonces vivía en Móstoles y ya era malo, pero luego en Lavapiés es igual, por comparación en mis sentimientos, a pasar del Edén a la tierra feudo de orcos y otras monstruosidades que inundan sin remedio la eternamente diabólica obra constante que es Madrid; puto lugar del que no puedo escapar por el propio miedo del esclavo: la fuente de ingresos que se teme perder ante las improbables alternativas fuera de la urbe y sus dependencias anejas. 

Hoy sigo pensando, entre el infernal ulular de sirenas que me trago varias veces por hora y las pululantes masas que deambulamos entre el asfalto y el cuadriculadamente sucio cemento de las aceras siempre dañadas y siempre abiertas, que me gustaría volver a tomarme otro caffe e croissant allí mismo. 
No es tan difícil ni tan caro, el problema viene dado porque al igual que aquel río, aunque parezca el mismo, sus aguas son distintas, yo también he cambiado en estos casi veinte años transcurridos, es bastante líquido fluido en el cauce del Tiempo y los hechos.

El mundo, en aquel tiempo (y como siempre), ya era malo y aquel lugar no es el Paraíso, pero yo no tenía la percepción de estar en el Infierno; ahora sí.
Con esto quiero decir que sería inútil afincarme en tal Valle, en una de las hermosas y cucas mansiones a vivir de las rentas del capital, cada día levantándome con exquisitas viandas, golosinas del cielo en el plato y en la cama igual; seguiría siendo consciente de vivir en un mundo en el que pasan cosas horribles y horripilantes. Aunque no me pasen a mí, ¿cómo podría vivir y dormir tranquilo?

Una vez que inicias el descenso en este lugar, el horror sin máscaras y al desnudo, sigue girando como siempre lo ha hecho y, en tal remolino, algunos de los que vivimos, si logramos sobrevivir fuera de esta demiúrgica monstruosidad, si logramos salir, será de manera muy diferente a como llegamos y fuimos en nuestra infancia y juventud. 
En una vida habremos envejecido lo que otros en varias, en un solo día de contemplar en su conjunto lo que es esto, te haces viejo y cano; bardo gris que contarás a otros, lo mejor de no bajar a ver lo que se oculta en las vueltas, los retorcidos surcos y las profundidades del Maelström de la realidad que nos rodea en un abrazo que, tan solo mirando hacia otro lado o siendo parte inseparable de él, podemos soportar en todo lo que implica.

Es un curioso mar este, el de la Tierra...

"Maelström: un remolino que se produce en las costas de Noruega, formado por la conjunción de las fuertes corrientes que atraviesan el estrecho de Moskenstraumen. A Descent into the Maelström es un relato corto del escritor estadounidense Edgar Allan Poe publicado en 1841. El relato en sí trata de una historia dentro de otra historia, contada desde lo alto de un abismo. Está narrada por un anciano que afirma no serlo, pese a su apariencia."
- Fuente: Wikipedia -

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